Saturday, March 23, 2019

PALEOCAPITALISMO

Agustín Mackinlay | @agumack

— Emmanuel Guy. Ce que l'art préhistorique dit de nos origines. Paris: Flammarion, 2017.

La desigualdad no comenzó, como se cree habitualmente, con la aparición de la agricultura en el Neolítico, sino en el Paleolítico reciente (40.000-10.000 BP). La tesis central de Emmanuel Guy es que el arte prehistórico revela la existencia de élites —nobleza, aristocracia, oligarquía— miles de años antes de lo que imaginábamos. Las sociedades humanas, en otras palabras, se organizaron naturalmente de manera jerárquica. Es una tesis impactante. El libro de Emmanuel Guy nos ayuda a entender mejor la cultura política del mundo occidental. Y nos ayuda a comprender el problema de tolerar élites en ausencia de contrapesos institucionales.

La producción artística del Paleolítico es una demonstración de riqueza que celebra la influencia de una minoría dominante. La obras de los artistas de Chauvet, Lascaux y Altamira solo se explican gracias a una costosa inversión de recursos, tiempo, energía, formación y especialización. "Y quien dice especialización", escribe Emmanuel Guy, "dice desigualdad social". Esta inversión fue llevada adelante por los miembros de la "nobleza paleolítica" en un proceso comenzado hace 35 mil años. El lujo, la propiedad, el almacenamiento —y también la violencia y la esclavitud— no tuvieron necesidad de la agricultura para desarrollarse. La supuesta igualdad del Paleolítico es el resultado de un relato pre-establecido (un récit préetabli) que debe mucho a la influencia de Jean-Jacques Rousseau y su mítico Discurso sobre el orígen de la desigualdad de 1755.

Una élite pan-europea
El arte funerario del Paleolítico, afirma Emmanuel Guy, tiene como objeto principal "inscribir en lo más profundo de la tierra" el poder de las familias nobles. Los restos de cuerpos inhumados pertenecen, casi sin excepción, a una minoría privilegiada—una "nobleza hereditaria". Es el caso, entre otros, de Sungir. Miles de perlas cubrían las sepulturas; también había dientes de zorro y pulseras en colmillo de mamut pulido, y lanzas de 2.4 metros. Una de las tumbas contiene 5274 perlas de colmillo. Fabricar las perlas habría requerido 9 mil horas de trabajo. Todo esto evoca riqueza, poder, aristocracia, violencia, guerras—y desigualdad. En su recorrido por los yacimientos arqueológicos del Paleolítico europeo, Emmanuel Guy describe los requisitos técnicos —y la considerable inversión— implícitos en estas tombes riches (tumbas para ricos). El adolescente AC1 de la cueva de Baousso da Torre (23500 BP) era, con toda seguridad, un príncipe.

En las cavernas del Paleolítico, los animales están pintados fuera de su medio natural—no se ven los árboles, las montañas, el cielo, las estrellas. El contexto está ausente. No hay relato. Prueba, según Emmanuel Guy, que estamos en presencia de emblemas totémicos, una hipótesis reforzada por la constante repetición de los dibujos, sobre todo a partir de 22.000 BP. Las imágenes están estandarizadas, algo que empieza con Chauvet, y que se mantendrá durante miles de años. Es probable que los artistas hayan utilizado reglas nemotécnicas para reproducir sus obras. La unidad visual de los símbolos, argumenta el autor, proporciona la información necesaria para reconocer la élite dominante. Una de las ideas más llamativas de Emmanuel Guy es que la pintura del Paleolítico cumplía una función comparable a los blasones de la Edad Media. Hay una "heráldica paleolítica":
Las representaciones simétricas de animales carecen por completo de cualquier referencia a una realidad observable. Son, propiamente, blasones. La dificultad de acceso a los sitios creaba, con toda probablilidad, un "efecto de poder" (effet de pouvoir). Los ritos y las imágenes jugaban un papel central en la instauración y mantenimiento de la jerarquía [...] Bajo esta hipótesis, el arte era una herramienta de memorización y de transmición del poder. El nivel de excelencia artística en el Paleolítico no tiene nada de improvisado. Cualquiera que haya dibujado lo sabe. Las "escuelas artísticas" estaban al servicio del poder.
Prolongaciones
Ce que l'art préhistorique dit de nos origines es un libro importante para entender la cultura política moderna. No hay una ruptura brusca entre el Paleolítico y la era de la agricultura. Hay una evolución, probablemente motivada por el cambio climático. Pero no hay revolución. El hombre del Palelolítico europeo ya conoce el comercio, la riqueza, la envidia, las relaciones de poder, las jerarquías, la esclavitud, la guerra. Es el resultado natural de la vida en una geografía muy particular—la de Europa occidental, marcada por accidentes geológicos que permiten asentamientos fijos o semi-fijos y por lo tanto la acumulación de riqueza. Podemos hablar de un paleocapitalismo a escala europea. Muy distinta será la evolución del ser humano en otras partes del planeta.

Por eso el "hombre occidental", concluye Emmanuel Guy, es un innovador nato. La innovación es fuente de prestigio, poder y riqueza. Desde este punto de vista, el arte paleolítico es tremendamente moderno: está más cerca de los humanos del siglo XXI que de los nómadas cazadores-recolectores. De ahí la emoción que sentimos al ver las imágenes de Chauvet y Lascaux. Hasta aquí las conclusiones de Emmanuel Guy. Me permito añadir lo siguiente. Bajo el ideal ilusorio de la igualdad natural, no hay necesidad de contrapesos institucionales; el buen gobierno, decía el ex-vice presidente del BCRA Lucas Llach —gran estudioso del Paleolítico— resulta de la aplicación de 'buenas políticas', más allá del contexto institucional (*).

En cambio, si aceptamos la hipotesis de la formación espontánea y natural del poder elitista/aristocrático, estamos obligados a pensar de manera muy diferente. Para evitar que una aristocracia degenere en una destructiva oligarquía, es necesario establecer contrapesos institucionales. Pero nuestra cultura política —me refiero ahora a la Argentina, y a la mayoría de los países 'emergentes'— está impregnada del ilusorio ideal rousseauista. No logramos entender la importancia de una justicia independiente, de una prensa libre, de una moneda sana. El resultado es la continua 'rotación' de aristocracias naturales que —aprovechando la ausencia de contrapesos— se transforman en insoportables oligarquías: el chavismo venezolano y sus ladrones 'boligarcas', el peronismo/kirchnerismo en la Argentina, los sandinistas en Nicaragua, etc.

(*) Lucas Llach es un caso particularmente interesante. Por un lado, admiro su carácter de polymath; se lo ve siempre interesado en distintas ramas del saber. Por otro lado, su visceral rechazo de los contrapesos institucionales resulta llamativo. Fue vice-presidente del BCRA pero no entendió o no aceptó la independencia del banco central [ver]. En una entrevista reciente de La Nación sobre las reformas que faltan en la Argentina, no dijo ni una palabra sobre el sistema judicial, el principal objeto de la 'captura institucional' de nuestras élites. Tampoco mencionó la corrupción. Ahora se acaba de 'reciclar' en un puesto importante en la banca pública. Se explica así su rechazo de los contrapesos institucionales: él es parte de la élite.
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